miércoles, 21 de diciembre de 2011

EL EMPRENDEDOR DEL AÑO

Toda la vida quejándonos de que los borbones eran una familia demasiado sosa y cuando se anima el cotarro, tampoco nos parece bien. A veces protestamos por vicio. Y es que, mirándolo desde otra perspectiva menos hiriente, y ahora que Mariano, en su discurso de investidura, dice que pretende ayudar a los jóvenes emprendedores y a la gente con ambición profesional para que nos saquen al resto del hoyo, ¿qué mejor ejemplo de ambición y emprendedoría podemos tener los españoles que el del mismísimo yerno Real? Su historia es una de esas historias que deberían enseñarse en las escuelas, una historia de ambición desmedida, orgullo y satisfacción que nos hace comprender a los monos lo patéticamente conformistas que somos con eso a lo que llamamos nuestras vidas.

El niño Iñaki nace en una buena familia, no en vano su padre es un adinerado empresario vasco, pero él no quiere conformarse con eso y decide emprender su carrera de balonmanista, llevándole a Barcelona. Una vez en la ciudad condal, éste ambicioso héroe no se conforma con ser un balonmanista del montón sino que empieza a destacar por ser un excelente defensor, gracias a lo cual acaba siendo convocado asiduamente por la selección española. Iñaki hubiese podido decidir entonces que ya estaba bien, que después de tantos títulos acumulados se retiraba a un caserío guipuzcoano a vivir de las rentas. Pero nuestro emprendedor favorito, aparte de gloria deportiva, quiere amor, y no un amor cualquiera sino un amor Real. Así que conoce a la infanta Cristina y, no contento con eso, se casa con ella. Emprenden la ambiciosa tarea de tener hijos. Por esas fechas Iñaki había alcanzado la gloria deportiva y la gloria familiar pero le faltaba algo, ansiaba también la gloria profesional. Así que decide hacerse un hueco en el mundillo de los negocios. Pero, y aquí es donde viene el inconcebible (a nuestros simiescos ojos) triple salto mortal con tirabuzón incluido, no contento con nacer en una buena cuna y no contento con jugar al balonmano en el Barça y no contento con jugar en la selección española de balonmano y no contento con las medallas olímpicas y no contento con casarse con una hija del Rey de España y no contento con el título de Duque de Palma y no contento con tener familia numerosa y de sangre azul y ni siquiera aún contento con haberse metido en el mundo de los negocios con todos los privilegios propios de su condición, (¡y todo eso antes de cumplir los 40!), el bueno de Iñaki, insatisfecho con su rutinaria e improductiva vida anterior, rebasa cualquier limite establecido por un ser humano en cuanto a ambición y decide montar el berenjenal del que llevamos hablando semanas (íbamos a decir “emprender el berenjenal”, pero a los monos nos surge la duda lingüística de si los berenjenales también se “emprenden” o únicamente se “montan”). En todo caso, piénsenlo ustedes, ¿es o no es un caso para enseñar en las escuelas? ¿Acaso no es esto lo que se nos pide?


[columna publicada el 21/12/2011 en el diario Levante]

miércoles, 14 de diciembre de 2011

EL BOCATA NO

Observar las maneras con las que se desenvuelve Mariano Rajoy en sus primeras cumbres europeas provoca un sentimiento muy similar a la ternura. Hay ahí tanta ternura de puertas afuera como miedo de puertas adentro. Sí, la misma ternura que desprende y el mismo miedo que tiene un zagal de pueblo cuando se va a la gran ciudad con la intención de estudiar derecho y después hacerse notario o la ternura que desprende y el miedo que tiene un adolescente frente a su primer día en un nuevo instituto o incluso la ternura que desprende y el miedo que tiene un niño tímido antes de pasar su primera noche fuera de casa, en una quincena de colonias. Pues de colonias que se nos ha ido el Mariano y allí está, entre los mayores, hecho todo un hombretón. Dan ganas de pellizcarle los mofletes. Qué otra cosa aparte de ternura podrían provocar esa boca entreabierta y esos ojos despistados mientras tratan de captar alguna palabra suelta pronunciada en esos extraños idiomas que no son el español y que, por tanto, resultan diabólicamente ininteligibles. Y es que hay cosas que no cambian por más trascendencia que pretendamos darles, por eso Mariano siempre nos despertará la misma sensación de inseguridad que un chaval no demasiado listo despierta en sus padres al despedirlo en la puerta del cuartel en su primer día de mili (perdonen la anacrónica licencia). Es ese pensamiento fugaz de “si hace cuatro días no sabía ni leer” o “no me creo que ya tenga novia”. Esto es algo por lo que jamás habrán tenido que preocuparse los paisanos de Berlusconi o de Sarkozy o, menos aún, los de Putin. A estos, al contrario, habría que llamarlos a orden antes de despedirlos y decirles que se portasen bien con el resto de presidentes del mundo, que no le pegasen a ningún compañero y provocasen un conflicto internacional, que no robasen las canicas de los demás, que no le metiesen mano a ninguna primera dama, que no se sentasen en la última fila o que no lanzasen bolas de comida durante la cena de gala.

Así pues, los monos nos preguntamos, inquietos, si Mariano lleva todo lo necesario en la mochila, si tiene los cordones de los zapatos bien atados o si lleva goma y sacapuntas en el estuche que seguro habrá estrenado para la ocasión. Si se ha acordado de meter el cepillo de dientes en el neceser. Esperemos que se acuerde de levantar la mano y preguntar a quien corresponda antes de ir al servicio, pero que no se aguante demasiado como hace siempre, no querríamos verlo corretear por los pasillos de Bruselas con la entrepierna mojada. Pero, sobre todo, lo que a los monos nos preocupa es el tema del bocadillo, que no se lo roben. Hablamos de un tema crucial. Pase lo que pase, Mariano, no sueltes del bocadillo.


[columna publicada el 14/12/2011 en el diario Levante]




miércoles, 7 de diciembre de 2011

EL SIGNIFICADO DE LAS COSAS

El niño Bruce Wayne vivió en primera persona cómo un atracador asesinaba a sus padres en un mugriento callejón de Gotham City. Durante los años siguientes, cada vez que pasaba cerca de aquel callejón, el recuerdo grabado a fuego del injusto asesinato de sus padres atoraba su mente. Así que, por eso y por el tiempo libre y por otros motivos que no vienen al caso, Wayne decidió convertirse en Batman. Claro que si una Comisión de Expertos le hubiese dicho a Wayne que no, que aquel callejón no debía evocarle el ignominioso asesinato de sus padres sino, por ejemplo, un concurso universitario de camisetas mojadas, quizá hoy en día no disfrutaríamos de las aventuras de este millonario disfrazado de murciélago y sus fabulosos juguetes.

Sin valorar qué hacer con los restos de Francisco Franco, resulta tan delicioso como estéril debatir acerca del sentido que deba tener el Valle de los Caídos. Los monos podemos esforzarnos y entender a quienes quieren que se quede como está, nos queda bastante clara su postura. Entendemos a quienes preferirían demolerlo y convertirlo en una montaña de escombros, resulta francamente comprensible su postura. Pero lo que no entendemos es la postura de esos seres lánguidos y bienintencionados que aspiran a, textualmente, “darle otro significado al Valle de los Caídos”, como suena, hablan de cambiarle el significado “para que sea un homenaje a ambos bandos”. Concretamente, la palabra que usan es “resignificar”.

Reconforta contemplar a la sociedad española enfrascada en un debate poético como es el que tiene por objeto esa enormidad marciana levantada en San Lorenzo del Escorial y su futuro como monumento-barra-mausoleo. El problema radica en que el significado de las cosas no lo decide una Comisión de Expertos. El significado de las cosas es consecuencia de la historia de esas cosas, del pasado acumulado detrás de esas cosas, o debajo de esas cosas, y no puede cambiarse de un día para otro. Sí que es posible, y quizá de ahí la confusión de todos estos expertos con bigote que componen la Comisión, modificar el significado de una palabra o añadirle nuevas acepciones, aunque la Real Academia de la Lengua se cuide de no actuar hasta que la nueva acepción esté asentada en el lenguaje. Pero no existe una Real Academia de las Metáforas y está bien que así sea, pues los símbolos se construyen por sí solos y únicamente con la memoria, nadie tiene la capacidad de “resignificarlos”. Los significados fluyen de las cosas hacia los seres humanos y no al revés. Este, pues, no es un debate político ni histórico, y por eso los monos proponemos incluir a un par de poetas en esa Comisión porque los poetas, además de cobrar poco, saben de significados y significantes y les aclararían a los Expertos cómo funcionan los mecanismos simbólicos y las metonimias y las sinécdoques.

En todo caso, no parece muy realista pretender imponerle a otra persona el significado que debe tener una determinada cosa para esa persona. El Valle de los Caídos no evocará cosas distintas a los españoles aunque lo dictaminen mil comisiones de expertos, al igual que a Bruce Wayne el tenebroso callejón donde asesinaron a sus padres por siempre le evocará aquel suceso terrible de su infancia que le llevaría a diseñar ese Batmovil tan molón y a decorar la Batcueva.


[columna publicada en el diario Levante el 07/12/2011]