miércoles, 2 de noviembre de 2011

COROLARIO A LA TERCERA LEY DE CLARKE

Hace poco falleció el director ejecutivo de una gran empresa y los clientes o, mejor dicho, los monos normales y corrientes que nos desplazamos hasta una tienda y compramos con nuestro dinero los productos manufacturados por esa empresa, lo sentimos como si hubiese muerto alguien de nuestra familia. O, según familias, todavía más. Se trata de un asunto que, entre lo de ETA y lo de Gadafi, casi habíamos pasado por encima. Hasta la fecha se habían visto muestras de llanto colectivo ante la muerte de artistas (Lennon, Jackson), deportistas (F. Martín, Simoncelli) o bienhechores (Teresa de Calcuta, Vicente Ferrer), pero nos atreveríamos a jurar que es la primera vez que ocurre con un triunfante empresario como lo era este Steve Jobs (Nota para analistas económicos despistados: Si esto no representa la victoria definitiva del modelo capitalista, y por goleada, que baje Dios y lo vea).

Pero no es el culto al personaje lo interesante aquí, pues la alabanza es habitual cada vez que alguien muere, sea famoso o no. Cierto es que a cualquier hombre de ciencia podría darle un cólico renal agudo al leer esas esquelas comparativas con Newton, Tesla o Einstein (los monos sabemos de un ingeniero en informática que sufrió cólicos ocho días seguidos), pero esa es, sin duda, una actitud elitista, basada en el simple conocimiento y no en lo que verdaderamente mueve el mundo: la fe. Lo interesante, insistimos, no es el endiosado sino los endiosadores.

Porque este señor nos proporcionó algo en lo que creer. Algo en lo que confiar. Nos proporcionó ordenadores y teléfonos que funcionan y además son, para qué negarlo, rematadamente cucos. Nos dio sermones sin corbata y nos mostró cosas que no creeríamos, nos enseñó pantallas que se pellizcaban y naves en llamas más allá de Orión. Y los compradores se lo agradecimos con lealtad, con amor. Le correspondimos con frenesí pellizcador y fundamentalismo tecnológico. No por casualidad, un grupo de neurocientíficos británicos ha realizado un estudio (hay estudios para todo) en el cual, y mediante una resonancia magnética, demuestran que, ante un nuevo gadget de Apple, un fiel a esta compañía multinacional excita las mismas regiones de su cerebro que un religioso ante imágenes de una deidad. Un dato que podría tener relación con el hecho de que la de Apple siempre fue una propuesta cerrada (su software no es libre, los usuarios no podemos modificarlo, adaptarlo y ni siquiera ver el código por el que pagamos) y autoritaria (únicamente pueden programar para Apple sus propios empleados, o desarrolladores externos bajo un contrato medieval), del mismo modo en que son cerradas y autoritarias las propuestas religiosas más exitosas. Tal vez (pero sólo tal vez) sean el oscurantismo y la sumisión lo que incite el éxtasis místico en nuestros cerebros.

Hace cuarenta años, el escritor de ciencia ficción Arthur C. Clarke formuló tres leyes relacionadas con el avance científico. La tercera de esas leyes dice: “Cualquier tecnología lo suficientemente avanzada es indistinguible de la magia”. El mundo ha cambiado desde entonces, quizá si Clarke siguiese vivo modificaría esa regla o añadiría un corolario que dijese: “Cualquier tecnología lo suficientemente chula es indistinguible de la religión”.

[columna publicada en el diario Levante el 02/11/2011]



1 comentario:

Asesino Cosmico dijo...

Por aquí arriba se rumorea que lo van a hacer santo...