Uno de estos resacosos días de septiembre, y aprovechando la última ola de calor, andábamos los monos tirados en una hamaca playera cual lagartija en paro. Concretamente, tratábamos de alcanzar un vaso de mojito que había en la mesa de plástico adyacente, y tratábamos de hacerlo de una forma extremadamente vaga e ineficiente: con los dedos de la mano pero sin mover el resto del cuerpo, de modo que ni nuestra simétrica posición respecto del sol ni nuestro perfecto bronceado se viesen afectados.
Pues en esa edificante tarea estábamos ocupados cuando se nos acerco un señor con barba. En serio. Era uno de esos señores que nada más verlo tienes la sensación de haberte cruzado con él cada día camino del trabajo pero nunca te has fijado ni un segundo. Uno de esos señores grises que no te gustaría llegar a ser. Vestía un traje azul con corbata e, inquietantemente, no sudaba ni una gota. Estaba zampándose a puñados una bolsa de cacahuetes. El señor nos acercó el vaso de mojito y se sentó a nuestro lado. La situación, por qué no decirlo, era ciertamente embarazosa. El señor se nos presentó. Se quejó de que aquella playa estaba repleta de guiris y que, como él no hablaba ni un pimiento en inglés, no sabía a quién preguntar. Murmuró entre dientes, mesándose la barba canosa, que eso del inglés también hace tiempo que se lo piden en el trabajo pero que él, qué quieres que te diga, no le concedía tanta importancia. Que con el castellano vas a todos los sitios y el que no quiera entenderte se lo pierde. Los monos respondimos: claro que sí, señor, con dos cojones. Le preguntamos a qué se dedicaba y respondió que era político, uno de los importantes, nos confesó. Que le dieron su primer cargo allá por el 81 ó en el 82, no recuerda, y desde entonces ha formado parte de distintos gobiernos regionales y nacionales. Ha estado toda la vida metido en el ajo, incluso ha sido ministro y le ha salpicado más de una polémica. Como a todos, claro, señaló dándonos un codazo y guiñándonos un ojo. Su boca estaba pastosa de tanto cacahuete. Nos informó de que tras muchos años de chupatintas, finalmente le ha llegado su gran oportunidad y no la piensa desaprovechar, se ha convertido en el máximo dirigente de un partido mayoritario que propugna el liberalismo. Dijo que, debido a una serie de embrolladas circunstancias que los monos no estamos capacitados para comprender ni él tiene ganas de perder el tiempo explicándonos, la política actual se pliega ante el oráculo mercantil como un burro ante una vara. Que de verdad, por más que lo intentásemos, no lo entenderíamos. Que hay muchos condicionantes y todo es muy complejo y los plazos son largos salvo cuando de repente dejan de serlo y entonces todo resulta sencillo y directo, y ahí se atragantó con los cacahuetes y le tuvimos que dar unos golpecitos en la espalda. Entonces se levantó, se sacudió la corbata de cáscaras amarillas. Ah, nos dijo antes de despedirse, mi nombre es Alfriano y, con total seguridad, voy a ser el próximo presidente de este bendito país. ¿No estáis ilusionados?
[columna publicada en el diario Levante el 21/09/2011]
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