La pasada semana algunos “indignados” la liaron en el Parlament de Catalunya. A Montserrat Tura, diputada del PSC, le pintaron una cruz en una gabardina que, según declaró ella posteriormente, “aunque era de rebajas, la apreciaba bastante”. A continuación, todos los grupos relacionados con el movimiento 15M condenaron los hechos y rechazaron la violencia. A continuación vimos en youtube cómo entre los alborotadores había policías infiltrados. A continuación vimos cómo el president Artur Mas accedió al Parlament en helicóptero, una demostración de seny, austeridad y proporcionalidad. Y también a continuación, unos kilómetros más abajo, nuestro president Francisco Camps, mientras la gente se agolpaba en el exterior del edificio protestando contra la corrupción, resumía el declive de la civilización occidental en una sola frase: “la democracia es lo de aquí dentro, señorías, votos y escaños”.
Pero esas imágenes, esos pucheros de una diputada por su gabardina de rebajas estropeada, inducen a la reflexión. Una reflexión antropológica, una reflexión sobre lo que nos define como especie, sobre la evolución de las especies. Los monos, terrestres y marinos, hemos evolucionado del fuego a los diodos led, del canto rodado al iPhone 4. Hemos inventado la Coca-cola y comemos yogures que curan por dentro. Y lo más importante, ya no arreglamos las cosas a garrotazos sino dialogando. Dígannos ustedes si los hechos referidos no prueban el refinadísimo grado evolutivo alcanzado por nosotros los homínidos a lo largo de los tiempos, si esto no significa el definitivo adiós a nuestros instintos más básicos como especie. Y es que, hace tan sólo unos pocos siglos, estos dirigentes que ahora lloran sus gabardinas manchadas y dan lecciones de democracia tras un muro de antidisturbios, no hubiesen podido hacerlo. Hubo un tiempo en que a estos dirigentes, en lugar de mancharles las gabardinas o sacarles tarjetas rojas de cartón, una horda cabreada les hubiese estado esperando en la plaza del pueblo con sogas y antorchas. Y eso sí que hubiese sido un contratiempo para ellos y sus gabardinas. En los tiempos que corren, en cambio, un pueblo estafado hasta la náusea celebra manifestaciones para toda la familia y protesta de forma tan cívica que un espray se convierte en algo fuera de contexto. Podríamos estar, pues, en el culmen de la evolución humana, el completo abandono de nuestra condición animal para echarnos en brazos de nuestro enrevesado intelecto. O no, quién sabe. En todo caso es algo que deberían celebrar nuestros dirigentes, pues ellos pertenecen a una clase política afortunada de vivir el siglo XXI, ya que en otro tiempo o en otro lugar podrían estar ardiendo todos juntos en la plaza mayor del pueblo. Un fuego prendido con papeletas y programas electorales. En otro tiempo o en otro lugar sentirían miedo pero de verdad, no a un espray o a una cartulina roja. Aunque en descargo de nuestros queridos antepasados añadiremos que, si ellos hubiesen obrado igual que nosotros, es decir, dejando apáticamente que entre cuatro cromañones estafasen al resto, permitiendo que cuatro trogloditas monopolizasen las pieles, las cuevas, las mujeres y el agua, entonces el género humano se hubiese extinguido al cabo de unas pocas generaciones ahogado en su propia estupidez. Tal vez la evolución pida revolución.
[columna publicada en el diario Levante el 22/06/2011]
2 comentarios:
Tanta evolución tanta evolución, y al final no le puedes ni pegar un tortazo a tus empleados, sean políticos o cocineros... En el cosmos no tenemos iPhone4, pero tampoco nos hemos hecho así de blandengues. En fin.
ya te digo, si es que cuando evolución rima con maricón, no te digo más
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