Esta columna
se despide temporalmente de ustedes, pero no sin antes ofrecerles una sana
recomendación. Hagan escrache. Escrachen. Señalen. Avergüencen a quien lo
merezca. En la calle, en el bar, en la playa… por qué no. A esta práctica, que
han puesto recientemente de moda algunos movimientos ciudadanos, es a lo que
vamos a dedicar los monos gran parte de nuestro tiempo futuro y no pararemos
hasta escuchar un argumento que nos convenza. Porque todos los que hemos
escuchado aluden al mismo principio de la legalidad, a aquello de que se debe
protestar por los “cauces legales”, esa cosa. Un argumento que a los monos nos recuerda
la novela de Joseph Heller Catch-22
que, citamos Wikipedia, “trata del caso de un
bombardero de las fuerzas aéreas del ejército americano que desea ser excusado
de realizar un vuelo de combate. Para ser excusado de tal deber, tiene que
someterse a una diagnosis médica oficial, demostrando que no sirve porque está
loco. Pero según las normas, el mero hecho de pedir el permiso para no volar en
misiones de combate, alegando locura, demuestra que él, el bombardero, está
cuerdo y por lo tanto está en condiciones de volar. En definitiva, no hay
elección posible ni manera de salir del sistema”. Algo así ocurre cuando un
argumento se remite a los rigurosos principios de legalidad ante determinadas
reivindicaciones, ya sea el escrache o el derecho a la autodeterminación de un
pueblo. Y es que cuando los negros no podían subir a un autobús con los
blancos, eso era legal, luego cualquier hermano que protestara por ello hubiera
tenido que ceñirse a los cauces legales. O cuando las mujeres no podían votar,
eso era legal, luego cualquier chavala que protestara por ello hubiera tenido
que ceñirse a los cauces legales. El problema es que siguiendo los cauces
legales sólo se alcanzan lugares dentro de la legalidad establecida, y en
ocasiones no es ahí adonde se pretende llegar. En ocasiones es de esa
repugnante legalidad de donde se quiere salir. Se quiere subir a un autobús o
se quiere votar o se quiere, simplemente, vivir con cierta dignidad. Y, como en
Catch-22, a veces no hay manera, sólo
queda enloquecer (pues no enloquezcamos solos, leñe). Por eso, en este caso, no
nos convencen los argumentos en contra del escrache, porque, siendo tan grave
el desamparo de la ciudadanía, lo verdaderamente admirable es el escaso nivel
de violencia que ésta ha mostrado hasta el momento. Y comparar el escrache con
la kale borroka, bueno, eso es una gilipollez del mismo calibre que, por
ejemplo, decir que todos los vegetarianos son nazis porque Hitler lo era. De
todos modos, y aun asumiendo que el escrache es una práctica a todas luces
ineficaz, ilegal, arbitraria y a veces intimidatoria, no es menos cierto que
son aspectos francamente irrelevantes. Porque el escrache, en realidad, no se
hace en base a su eficacia, su legalidad, su justicia o su amabilidad, no es
así, el escrache, bajo el humilde punto de vista de los monos, es una conducta
con fines terapéuticos. Como una partida de paintball o como desguazar un coche
con un bate. Menudo consuelo: estropearle al político el desayuno y hacerle
reflexionar, un poquito, sobre por qué narices se metió en un partido. Sí, uf, menuda
barbarie esa.
[columna publicada el 26/03/2013 en el diario Levante]