miércoles, 27 de marzo de 2013

ESCRATCH-22


Esta columna se despide temporalmente de ustedes, pero no sin antes ofrecerles una sana recomendación. Hagan escrache. Escrachen. Señalen. Avergüencen a quien lo merezca. En la calle, en el bar, en la playa… por qué no. A esta práctica, que han puesto recientemente de moda algunos movimientos ciudadanos, es a lo que vamos a dedicar los monos gran parte de nuestro tiempo futuro y no pararemos hasta escuchar un argumento que nos convenza. Porque todos los que hemos escuchado aluden al mismo principio de la legalidad, a aquello de que se debe protestar por los “cauces legales”, esa cosa. Un argumento que a los monos nos recuerda la novela de Joseph Heller Catch-22 que, citamos Wikipedia, “trata del caso de un bombardero de las fuerzas aéreas del ejército americano que desea ser excusado de realizar un vuelo de combate. Para ser excusado de tal deber, tiene que someterse a una diagnosis médica oficial, demostrando que no sirve porque está loco. Pero según las normas, el mero hecho de pedir el permiso para no volar en misiones de combate, alegando locura, demuestra que él, el bombardero, está cuerdo y por lo tanto está en condiciones de volar. En definitiva, no hay elección posible ni manera de salir del sistema”. Algo así ocurre cuando un argumento se remite a los rigurosos principios de legalidad ante determinadas reivindicaciones, ya sea el escrache o el derecho a la autodeterminación de un pueblo. Y es que cuando los negros no podían subir a un autobús con los blancos, eso era legal, luego cualquier hermano que protestara por ello hubiera tenido que ceñirse a los cauces legales. O cuando las mujeres no podían votar, eso era legal, luego cualquier chavala que protestara por ello hubiera tenido que ceñirse a los cauces legales. El problema es que siguiendo los cauces legales sólo se alcanzan lugares dentro de la legalidad establecida, y en ocasiones no es ahí adonde se pretende llegar. En ocasiones es de esa repugnante legalidad de donde se quiere salir. Se quiere subir a un autobús o se quiere votar o se quiere, simplemente, vivir con cierta dignidad. Y, como en Catch-22, a veces no hay manera, sólo queda enloquecer (pues no enloquezcamos solos, leñe). Por eso, en este caso, no nos convencen los argumentos en contra del escrache, porque, siendo tan grave el desamparo de la ciudadanía, lo verdaderamente admirable es el escaso nivel de violencia que ésta ha mostrado hasta el momento. Y comparar el escrache con la kale borroka, bueno, eso es una gilipollez del mismo calibre que, por ejemplo, decir que todos los vegetarianos son nazis porque Hitler lo era. De todos modos, y aun asumiendo que el escrache es una práctica a todas luces ineficaz, ilegal, arbitraria y a veces intimidatoria, no es menos cierto que son aspectos francamente irrelevantes. Porque el escrache, en realidad, no se hace en base a su eficacia, su legalidad, su justicia o su amabilidad, no es así, el escrache, bajo el humilde punto de vista de los monos, es una conducta con fines terapéuticos. Como una partida de paintball o como desguazar un coche con un bate. Menudo consuelo: estropearle al político el desayuno y hacerle reflexionar, un poquito, sobre por qué narices se metió en un partido. Sí, uf, menuda barbarie esa. 

[columna publicada el 26/03/2013 en el diario Levante]


miércoles, 20 de marzo de 2013

EL NOBLE ARTE DE LA ESTADÍSTICA


Si Franz Kafka hubiera conocido a Cristóbal M., habría destruido sus manuscritos y tachado el teléfono de Max Brod de su agenda. Si hubiera conocido a Cristóbal M., quizá se habría dejado llevar por el espíritu bohemio de principios del XX o quizá habría ahondado en el conocimiento de sus raíces judías o quizá habría buscado una novia de buena familia vienesa y apostado todo a su carrera de vendedor de seguros. Incógnitas que jamás resolveremos. Lo único cierto es que ni El Castillo ni El Proceso se hubieran escrito en la hipotética y espaciotemporalmente bastante loca posibilidad de que Franz Kafka hubiera conocido a Cristóbal M. No habría hecho falta escribirlas. Porque ya las escribe Cristóbal M. Las escribe en el B.O.E.
A Cristóbal M. y a su nutrido grupo de asesores se les han ocurrido muchas medidas originales para abaratar costes en la administración. La mayoría de las cuales son arbitrarias, despiadadas y de un absolutismo medieval. Pero hay otra serie de medidas que, además de ser arbitrarias, despiadadas y medievales, son completamente surrealistas. Por eso le hubiera chafado la obra a Kafka. Y una de esas medidas arbitrarias, despiadadas, medievales y surrealistas que se le ocurrió a Cristóbal M. o a alguno de sus inteligentísimos asesores es la siguiente. Estaban pensando cómo abaratar más aún los costes del funcionariado, una vez triturados sus convenios laborales y rasurados a la brasileña sus salarios, cuando alguien dijo que, como no parece muy cristiano quitarles más dinero, que trabajen más horas. Aunque, por las propias características de su trabajo, sea una auténtica gilipollez. Así nos saldrá estadísticamente más barato, dijo. Los monos se lo explicamos con un ejemplo: Damián es el salvavidas de la piscina municipal de Villaconejos, un funcionario que evita que los niños se ahoguen todos los días menos el lunes, cuando una empresa externa realiza el mantenimiento. Damián cobra 200€ semanales y trabaja (6 días x 8h diarias) 48h semanales, por lo que, por así decirlo, cada hora de Damián sale a 200/48=4,16€. Entonces es cuando Cristóbal M. decide que Damián trabaje también los lunes, aunque no tenga nada que hacer allí, pues la piscina está cerrada, la empresa de mantenimiento no lo necesita. Pero le dicen implícitamente que tiene que ir igualmente los domingos, da igual, que se compre un periódico y se quede por allí, haciendo el tonto. Porque de este modo las cuentas son otras, tenemos 200€ semanales divididos entre (7 días x 8h) 56h semanales, y la hora de Damián sale a 200/56=3,57€, mucho más rentable que antes. ¿Qué en realidad igualmente gastan 200€, por lo que no ahorran ni un duro, y Damián no pinta nada allí el domingo, por lo que tienen un trabajador desmotivado? Eso da igual. Porque lo que cuenta es que algún asesor, en alguna oscura sala de reuniones situada en lo más profundo del Ministerio, un día proyectará un PowerPoint, ese diablo, y en él una gráfica animada mostrará cómo, según sus números, la hora trabajada de Damián sale más barata. No cuesta demasiado imaginar a Cristóbal M y a su nutrido grupo de asesores frotándose las manos y luciendo sus sonrisas podridas, como si, con estas mágicas cuentas, acabasen de descifrar la cábala judía.

[columna publicada el 20/03/2013 en el diario Levante]


miércoles, 13 de marzo de 2013

ISMO EL ELEFANTE


La semana pasada la palmó el presidente de Venezuela. Los monos nos enteramos de ello mientras conducíamos y en una de esas tertulias matutinas, concretamente en una tertulia matutina coordinada por un presentador con bigote, de esos ni demasiado extremos ni demasiado moderados (tanto el bigote como el presentador en sí) pero al fin y al cabo una tertulia matutina lo suficientemente representativa del establishment editorial patrio, unos señores tirando a mayores empezaron a hablar de un problema que ellos conocían: el problema de los ismos. La cuestión, resumiendo, es que son repugnantes. Empezaron con el chavismo, aprovecharon para dar un repaso al castrismo y terminaron por el peronismo. Y tocaron algunos otros ismos por el camino. Era muy malo todo, tremendamente populista y muy peligroso, peligrosísimo en realidad. Hablaban aquellas voces señoriales con ese paternalismo tan nuestro para con América latina, diciendo que no era de recibo que ahora ese tal Maduro pretendiese heredar la presidencia, y que mucho ojo con esto porque en menos que canta un gallo tenemos en Venezuela un presidente no legitimado. Que los bolivarianos quieren establecer sus propias reglas de juego para así allanar el terreno a sus acólitos. Que Chávez no podía seguir marcando los tiempos porque Chávez, en definitiva, había muerto y al pueblo le asistía el sagrado derecho a decidir. Pues estábamos los monos parados en un semáforo y, de repente, se nos planteó una duda. ¿Dónde queda entonces nuestro ismo? Sí, ese ismo. ¿No es acaso tan diabólico como los otros? ¿Es distinto al resto de ismos? ¿Tiene algo de particular? ¿Cuándo llueve no se moja como los demás? Porque, en fin, los monos podemos llegar a compartir la cuestión de los ismos en un gobierno, a coincidir en que no parece una propuesta demasiado seria a largo plazo, lo compramos eso, pero, a ver, señores con bigote, ¿es que no han visto el elefante que había sentado junto a ustedes en su moderado estudio de radio o qué? ¿No? Se lo presentaremos, pues. Es nuestro elefante y se llama, casualmente, Ismo. ¿A que es gracioso? Resulta que Ismo el elefante está bastante enfadado, aunque no se le note a causa de ese aspecto de bonachón a punto de caer dormido que suelen mostrar los paquidermos. Está enfadado, créannos, porque le disgusta que ustedes lo ignoren. Nos dice Ismo el elefante que fue él y no otro quien se encargó de que nuestro actual jefe de estado heredase su cargo y que así nos va. También dice Ismo el elefante que fue él quien le allanó el terreno a quién le dio la gana y estableció las reglas del juego cuándo y cómo le convino y que así nos va. Dice Ismo el elefante que fue él quien marcó los tiempos de nuestro futuro y que así nos ha ido. No está nada mal para ser un elefante, ¿verdad?

[columna publicada el 13/03/2013 en el diario Levante]


miércoles, 6 de marzo de 2013

ENTRETENNOS, LUIS


Una de las propiedades que tiene el futuro es que hasta que no llega nos pertenece por completo, es tan agradecido y maleable que podemos hacer de él lo que queramos. Y en estos momentos hay un determinado futuro a corto plazo que todavía encaja dentro de la esfera de lo físicamente posible y que a los monos, de perdidos al río, no nos molestaría en absoluto que ocurriese. El motivo no es otro que dotar a la realidad de unos anclajes narrativos más ricos, escapar de la monotonía que suele depararnos y, ya de paso, generar personajes complejos a partir de los cuales fabular y, en resumen, alegrar nuestros intelectos. La cuestión es que ahora mismo aún estamos a tiempo de que suceda. Nos referimos a la posibilidad de que nuestro ídolo del momento, Luis Bárcenas, se dé a la fuga. Así de sencillo. Que se largue, que se la pire. Y es que, veamos, si algo hemos aprendido durante las últimas décadas acerca de cómo funciona la justicia en este país es, precisamente, que no resulta difícil predecir el futuro. Si todo sigue sus cauces habituales, la cosa, en cinco sencillos pasos, va a ser como sigue: a) le echarán la culpa de todo a él, b) caerá algún otro politiquillo de segunda fila, c) entonces se darán cuenta de que habrán prescrito la mayoría de delitos, d) después surgirá algún problema de forma que rebajará aún más las penas y encima, para cuando ya no nos acordemos de esto e independientemente de quien gobierne, e) habrá un indulto de tapadillo y pelillos a la mar. No pasará nada. Lo que, además de dudosamente justo sería un aburrimiento total, vamos. Por eso desde esta humilde tribuna queremos animar al bueno de Luis a que se fugue. A que eleve el nivel del entretenimiento catódico. A que se permita el lujo de pasar a la historia como un tipo, además de corrupto (calificativo difícil de quitarse de encima pero que además tampoco resulta tan distintivo por aquí), como alguien con sentido del espectáculo. A que asuma su condición de estrella del rocanrol y obre en consecuencia. A que permita que los telefilmes que Telecinco encargará en breve sobre su historia puedan contener persecuciones de coches descapotables conducidos por tipos musculosos o escenas lésbicas en escenarios exóticos. A que, puestos a imaginar, se lleve con él a Urdangarín y se adentren juntos en el Amazonas vestidos de Coronel Tapioca para enrolarse en una de esas tribus no contactadas. Y que Luis se ofrezca a llevar las cuentas de la tribu e Iñaki se case con la hija del chamán. Bueno, esto último igual sería otra clase de película, pero ya nos entienden.  

[columna publicada el 06/03/2013  en el diario Levante]


miércoles, 27 de febrero de 2013

PPUNK!


A los monos siempre nos ha fascinado el asunto de las tribus urbanas. Sobre todo las tribus urbanas clásicas, cuando escoger tribu urbana era algo serio, como escoger el equipo de fútbol, una elección que es para toda la vida, no estas gilipolleces de ahora orientadas a las redes sociales y a los programas de testimonios, ya saben, siniestros, emos, chonis… Nos referimos, evidentemente, a los jevis pero también a los mods, a los rockabillis o a los punks. Y esta última tribu urbana que mencionamos, que en su momento fueron los archirrivales callejeros de los jevis (una archirrivalidad que el paso del tiempo, eso sí, acabó transformando en una crepuscular relación de respeto mutuo) es a cuya resurrección en las altas esferas políticas asistimos boquiabiertos. Y es que varios son los síntomas de una creciente facción punk en el partido que nos gobierna. Porque, veamos, si los punks se caracterizaron por algo fue, primero, por el enorme desprecio que sentían y mostraban hacia la sociedad en general y hacia el orden establecido en particular, algo perfectamente ilustrado en esa maravillosa instantánea del excontable del Partido Popular mandándonos a todos a tomar por el culo con su erecto dedo corazón al regresar de Canadá, probablemente de gestionar unos cuantos millones de euros negros más. A los monos, qué quieren que les digamos, nos chifla esa foto de Bárcenas, es el retrato de una era y de una estética, como aquella de Sid Vicious con Nancy. La segunda característica que definió a la tribu urbana de los punks fue el gusto por la provocación, así como la respuesta guerrillera, visceral y desproporcionada a cualquier supuesta ofensa, y de qué otro modo podríamos interpretar la actitud de uno de nuestros punks favoritos, Cristóbal Montoro, para con nuestro gremio actoral. Todo un ministro de Hacienda respondiendo de la forma más verdulera posible a los chistes que la presentadora de una gala infumable soltó 24 horas antes. Eso es tener la mecha corta y lo demás tonterías, sólo le faltó ponerse un pasamontañas y hacer una pintada en la sede de la Academia del Cine: A los políticos los actores nos la… en fin, sigamos. Y por último pero no por ello menos importante, vamos a decirlo aunque nos duela, los punks siempre fueron, perdónennos los aludidos, un poco gorrinetes (mientras el olor de un concierto jevi podía oscilar entre el aroma a melena quemada por la plancha, la colonia Nenuco y los grados más extremos de intensidad sudorípara, el hedor de un concierto punk hacía pensar directamente en criaturas diminutas que se crían en ambientes húmedos y cerrados). Y, salta a la vista, viendo al diputado popular Luis Díaz Alperi cortándose las uñas en su escaño la semana pasada, no resulta complicado imaginarlo al cabo del rato meando en los pasillos de Les Corts o fumándose un porro en el váter de minusválidos. Como dijo en su día Mariano Rajoy: “Viva el vino” (al del calimotxo, se refería).

[columna publicada el 27/02/2013 en el diario Levante]


miércoles, 20 de febrero de 2013

NÚMEROS FRANCAMENTE RAROS QUE PASARON DESAPERCIBIDOS


Para los aficionados a la numerología, la realidad política está empezando a desprender últimamente ciertos efluvios cabalísticos. La pasada semana conocíamos el dato de que, entre todos los imputados de la trama Gürtel (y, por cierto, cada día nos gusta más esa palabra, cómo suena, ‘Gürtel’, con esa g velar y sonora que nos rasca el paladar como un buen brandy de Jerez seguida por la exótica diéresis y el doble remate alveolar, casi sexual, de la r y la t… caviar a nuestros oídos, oigan), entre todos esos figuras, decíamos, han regularizado la curiosa cantidad de 9,81 millones de euros. Que no está nada mal. Y además el número coincide con la aceleración originada por la gravedad terráquea, que es de 9,81 m/s2.  En serio, pruébenlo, escríbanle 9,81 a google y les mostrará una foto de Isaac Newton y otra de Cristóbal Montoro. Si algún diosecillo inquieto está queriendo decirnos algo como un “ya os lo decía yo, que las cosas acabarían cayendo por su propio peso”, eso es algo que les dejamos decidir a ustedes.
Pero los números verdaderamente curiosos vienen a continuación, están dentro de esos 9,81 milloncejos. Según parece, Fernando Martín, constructor y expresidente del Real Madrid, regularizó 3258 euros. El exconsejero de Deportes de la Comunidad de Madrid Alberto López Viejo regularizó 4722 euros. Un tal Alfonso Bosch Tejedor, 3.111 euros.  Otro constructor, Luis Ulibarri, 77935 euros… O sea, la calderilla. ¿Es un chiste qué? Debieron de quedar un día para tomar unas ginebras y a la tercera se dijeron aquello de: “¿hay huevos o no hay huevos a regularizarle a Montoro lo que llevamos cada uno en los bolsillos ahora mismo?”. No se nos ocurre otra explicación. Al menos, José Ramón Blanco Balin, con 504738 euros, Amando Mayo Rebollo, con 1,35 millones de euros y Manuel salinas Lázaro, con 7,5 millones de euros, se comportaron como hombres que se visten por los pies, seguramente corruptos y defraudadores, no lo vamos a negar, aunque consecuentes. Pero los primeros… ¿en serio? ¿3258 euros? ¿4722 euros? ¿El pobre Montoro arma todo el tinglado de la amnistía fiscal, que es lo más medieval que se haya implantado en este país desde la Santa Inquisición, para que estos tipos cachondos, varios de Los Más Grandes Constructores de la España del Boom Inmobiliario, regularicen lo que se podrían gastar en una bolsa de confeti? Los monos no damos crédito a que, en los tiempos que corren, estos señores aún tengan tantas ganas de broma. No está bien eso. Está, como mínimo, bastante regular.
Y por último, Urdangarín volverá a declarar el 23F. Algo que, según tengamos el nivel de zeitgeist, podríamos interpretar como que, precisamente el día que celebramos Cuando el Rey Supuestamente Salvó España y de Paso Fundó el Juancarlismo, en esa fecha vayamos a celebrar, a partir del sábado, Cuando El Yerno Lo Cuenta Todo Y Finiquita la Monarquía. 

[columna publicada el 20/02/2013 en el diario Levante]


miércoles, 13 de febrero de 2013

ERROR EN TIEMPO DE EJECUCIÓN



La deformación profesional hace que, en ocasiones, los monos no podamos dejar de visualizar ciertas entidades como si de programas informáticos se tratase, reduciendo su comportamiento a una serie de variables, condiciones y sentencias lógicas. El otro día, escuchando a un contertulio con cera en los oídos sugerir que Gallardón pudiera verse salpicado por la trama Gürtel a raíz de las olimpiadas y la visita papal y Urdangarín y todo eso, nos sonó una alarma interior. Olvidémonos de Bárcenas y de Merkel, esto es mucho más importante. Si se diese la improbable tesitura de que el ministro de Justicia llegase a ser imputado por su propio aparato judicial, se lo advertimos, no debería extrañarles ver el horizonte convertido en un enorme pantallazo azul de la muerte repleto de mensajes ininteligibles en tipografía Lucida Console.
Veamos. En un código de programación informática pueden darse, básicamente, errores de dos tipos, de compilación y de ejecución. Los errores en tiempo de compilación se refieren a aquellos relacionados con la sintaxis, la semántica o las reglas, y suelen dividirse entre warnings y errores propiamente dichos. Mientras que éstos impiden la ejecución del programa y nos fuerzan a solventarlos, aquellos nos avisan de que hay un error que podría inducir a un problema, aunque nos permiten compilarlo y ejecutarlo bajo nuestra responsabilidad. Por otra parte, los errores en tiempo de ejecución se refieren a aquellos que ocurren cuando el programa ya está en marcha y ocurre alguna circunstancia imprevista por los programadores que acaba bloqueando la ejecución o causando un mal funcionamiento de la misma.
Si España en realidad fuese un programa informático, como Matrix, no felicitaríamos a los programadores. La molona chupa de Neo sería de escay y el agente Smith pilotaría un Vespino destartalado. Está claro que en su momento no se depuró lo suficiente el código y éste se lanzó con un montón de warnings en rojo avisando de la chapuza. Había bucles innecesarios, redundancias por un tubo, consumía demasiada memoria para nada y estaba mal documentado. Pero las prisas por el plazo de entrega, como siempre, propiciaron el desastre. De ahí que el programa en cuestión haya ido empeorando su rendimiento desde su lanzamiento, acumulando y arrastrando errores igual que un burro tira de un arado y enlenteciendo su velocidad de progreso hasta la exasperación de sus actuales usuarios. Este país vendría a ser como un Windows Vista en manos de un adicto a páginas porno que no lo haya apagado en años.
Y que un ministro de Justicia fuese imputado, vaya, eso provocaría un error de ejecución igual que un bucle infinito o una división por cero, son escenarios para los que el sistema no está preparado. Ningún programador pudo haber previsto tal paradoja, sería como si el ministro de Interior fuese terrorista o el Rey se declarase republicano: el código no es lo suficientemente robusto para soportarlo. No queremos pensar en ello, pero de darse el caso, quizá este país se plegase sobre sí mismo hasta autoengullirse o quizá se efectuase un monumental reset para liberar una memoria mal gestionada y, de repente, todos luciésemos patillas y coderas y los calendarios rebobinasen hasta 1975. Todo es posible.

[columna publicada el 13/02/2013 en el diario Levante] 


miércoles, 6 de febrero de 2013

ESPAÑA: DE LOVECRAFT A SCOOBY-DOO



Este feo asunto de los sobresueldos negros del Partido Popular ha causado en los monos un formidable cabreo en primera instancia pero una sorprendente sensación de alivio y optimismo a posteriori. Antes de que se pregunten qué hemos bebido, pasaremos a explicarnos.
El ser humano teme a lo desconocido. Un miedo a lo ignoto que tuvo al escritor H.P. Lovecraft como su más fascinante exponente. El de Providence reflejó, sobre todo en los Mitos de Cthulhu, ese horror que nos provoca aquello que no somos capaces de comprender, aquello que escapa a nuestra capacidad de conocimiento, aquello que es más antiguo que nuestro mundo. Lovecraft se refería a libros malditos como el Necronomicón, escrito por el árabe loco Abdul Alhazred, y se refería a criaturas arcanas o deidades abisales con nombres tan raros como Azaroth, Nyarlathotep o Shub-Niggurath. Y precisamente uno de los Mitos que nuestra Casta Gobernante había conseguido instaurar a lo largo de los años en el imaginario colectivo es la creencia, más o menos consciente, de que este país, por más que lo intentemos, no tiene remedio ni esperanza alguna. De que La Pandereta es un Ser Superior contra el que no podemos luchar. De que El Bananerismo es el amo del destino. Han conjurado a criaturas con muchos tentáculos y nombres raros como el Euribor, la Prima de Riesgo, el Copago o la Herencia Recibida, a monstruos que éramos incapaces de explicarnos y que se nos presentaban como ancestros tan antiguos como el propio tiempo y por lo tanto inamovibles. Nuestros lovecraftianos mandatarios han apelado a lo inasible, a aquello que nuestros cerebros de clase media y educación pública no pueden clasificar y por ello sienten un terror pánico, a demonios primordiales e inextricables como El Rescate o Los Mercados. Todo ello con el propósito de helarnos la sangre y paralizarnos, de que oremos el tan español virgencita, que me quede como estoy.
Pero un día aparece la Misteriosa Libreta del contable loco Bárcenas y no aporta más misterios sino que los explica. La Libreta guarda la llave que abre la cabina desde donde controlan el Tren de la Bruja. Ahora lo comprendemos todo, comprendemos que estos tipos han estado demasiado ocupados chupándose las pollas entre ellos como para chupárnoslas a nosotros, conforme les exigía su obligación como gobernantes. Parece claro, pues, que ni ellos mismos creían en sus palabras, que nosotros no estábamos tan chiflados y que si no los comprendíamos no era debido a una complejidad tal que escapaba a nuestro entendimiento sino porque lo que nos decían no tenía sentido. Estaban a lo suyo. De ahí que esta historia de horror cósmico haya resultado ser una farsa, como en el show de Scooby-Doo, donde al final no había casa encantada sino que era la persona que los contrataba disfrazada de hombre lobo. Del mismo modo nuestro misterio está resuelto: el país no está encantado, son los dueños disfrazados. Y por tanto, tiene remedio. Que la obviedad de tener gente normal al mando no haya sido catada en este país desde hace casi un siglo y, de alguna manera, aún sigamos dando el callo, es motivo de optimismo. Si lo tendremos algún día o no es otro asunto, aunque mientras tanto ya podemos dejar de sentir miedo y culpabilidad, porque hemos descubierto al monstruo y el monstruo eran ellos.

[columna publicada el 06/02/2013  en el diario Levante]

 

miércoles, 30 de enero de 2013

(ABSTENERSE CLAUSTROFÓBICOS)



Hace poco se quejaban un par de monos en la barra de un bar. Se quejaban del paro, de Gallardón y de otros asuntos terroríficos. Entonces va un mono y le dice al otro: “Podría ser peor”. El otro mono responde: “¿En serio?”. El primer mono dice: “Podrías tener trabajo y pasarte lo que a un tipo”. El otro mono replica: “¿Qué ocurrió?”. Y el primero mono cuenta: “Hace ya unos cuantos años, ¿sabes?, pero esta que te voy a contar es una historia real, una historia a la que acudo cuando estoy jodido porque me hace recordar que siempre se puede torcer todo un poco más. Escúchame, mono, este hombre, llamémosle Nicolás, está un viernes por la tarde en la oficina. Se ha quedado porque quiere terminar un trabajo pendiente, así pelotea al jefe, y también porque tiene una cita esa noche y, como no le da tiempo de ir a casa y volver al centro, prefiere cenar un bocata en la oficina e ir más tranquilo. Es una de esas citas en las que puede mojar, ya me entiendes. A las 22h Nicolás apaga el ordenador y baja a la calle a fumarse un cigarro, con la intención de regresar a por la chaqueta, acicalarse en el lavabo y largarse de allí pitando para llegar lo suficientemente impuntual como para parecer interesante pero no maleducado. Sin embargo, en una decisión que convertirá el resto de su vida en una ruina, decide subir por un ascensor distinto al que usó para bajar, uno que va directo sin paradas a la planta 39. Al cabo de unos segundos las luces titilan, el sonido se ahoga y el ascensor se detiene. Oscuridad. Después vuelve la luz pero el ascensor sigue quieto. Nicolás pulsa botones pero no hay respuesta. Es un viernes por la noche y empieza a temerse lo peor. Y no es que Nicolás se ponga histérico. Pasa el tiempo y, en un alarde de serenidad, se acuesta buscando la mejor postura para dormir hasta que lo saquen de allí. Pero de repente se pone a sonar la alarma de incendios y Nicolás se impacienta un poco. Trata de forzar la puerta pero sólo logra atisbar una pared de ladrillos y un enorme número 13, la altura a la que se ha parado el ascensor. ¿Has oído alguna vez la alarma de incendios de un edificio de oficinas, mono? Pues es ensordecedoramente insoportable por más de 10 segundos. Nicolás estuvo 60 horas encerrado en aquel ascensor ¡con la alarma de incendios sonando! Una tortura que ríete tú de Guantánamo, tanto fue así que su cuerpo se encogió en posición fetal y su mente entró en una extraña fase regresiva, perdiendo cualquier rasgo de humanidad y mugiendo y gritando frases sin sentido. No tenía reloj y perdió la noción del tiempo. Se hizo sus necesidades encima varias veces y llegó un momento en el que estaba verdaderamente convencido de que aquel sinsentido no podía ser nada más que una pesadilla o el mismísimo infierno, por lo que empezó a comportarse como un demente para así despertar del sueño o llamar la atención de Satán. Las cámaras de seguridad registraron aquellas 60 horas. Y cuando ya se daba a sí mismo por muerto, la señora de la limpieza del lunes lo contactó por el interfono y lo sacaron de allí. Su mirada reflejaba cosas tan oscuras que son imposibles de explicar con palabras…” El otro mono escucha y suspira. El primer mono concluye: “Pues eso, que podrías tener trabajo y pasarte eso”. El otro mono continúa en silencio. El primer mono pregunta: “¿Qué?”. El otro mono sigue sin decir nada.

[columna publicada el 30/01/2013 en el diario Levante]

miércoles, 23 de enero de 2013

A PROPÓSITO DE LANCE



Anda revuelto el mundo del deporte a causa de la dramática y escenificada confesión de Lance Armstrong. Menudo sorpresón, ¿no? ¿Quién lo hubiera imaginado? En fin. Una vez superada la decepción de comprobar que un ídolo de masas como el ciclista tejano, con toda su parafernalia de la lucha contra el cáncer y la superación personal y bla, bla, bla…, estaba haciendo trampas al ejecutar su trabajo bajo los efectos del doping, quizá debamos mirar también en otros rincones. Porque, si los atletas no pueden doparse y competir a la vez o si ustedes no pueden doparse y conducir a la vez, ¿no habrá otras actividades para las cuales también querríamos disponer de un buen control antidoping como modo de asegurarnos de que esas actividades se lleven a cabo con la mayor de las sobriedades? Y es que, veamos (y esto no es más que un suponer), ¿quién nos dice a los monos que José Luís Rodríguez Zapatero no estaba bajo los eufóricos efectos de la cocaína cuando aseguraba, una y otra vez y en contra de la opinión de todo quisqui, que no había crisis económica alguna? ¿Quién nos dice a los monos que José María Aznar no estaba bajo los embriagadores efectos del whisky de malta cuando le dio el apoyo de todos los españoles a George Bush Jr. para una guerra extraña y cuando después habló spanglish sin darse cuenta en aquella antológica rueda de prensa? ¿Quién nos dice a los monos que Mariano Rajoy no estaba bajo los estroboscópicos efectos del éxtasis líquido cuando sus ojos no podían leer su propia letra? ¿Quién nos dice a los monos que Soraya Sáenz de Santamaría no había olvidado tomar su Prozac el día que hacía pucheritos hablando de los desahucios? ¿Quién nos dice a los monos que Cristóbal Montoro no está constantemente bajo los cosquilleantes y pasotas efectos de la marihuana cada vez que esa tenebrosa vocecita suya apuñala a los trabajadores públicos? ¿Quién nos dice a los monos que Luis de Guindos no estaba el lunes pasado bajo los catárticos efectos de la ketamina cuando decidió cambiar la ley para que los condenados puedan seguir dirigiendo bancos? ¿Quién nos dice a los monos que Alberto Ruíz-Gallardón no ande bajo los alucinógenos efectos de las setas brillantes cuando se permite el lujo de decidir lo que pueden o no pueden hacer las mujeres con su cuerpo o cada vez que indulta a un torturador o a un kamikaze? ¿Quién nos dice a los monos que Pérez Rubalcaba (ahora mismo no recordamos su nombre de pila) no esté bajo los indolentes y autocompasivos efectos de la heroína cuando insiste en seguir presentándose como una alternativa válida a cualquier cosa? ¿Quién nos dice a los monos que a Mariano Rajoy no le basta con el éxtasis y también estaba bajo los atolondrados efectos de la anfetamina cuando anunció una auditoría contable para atajar un problema de dinero negro, que, por definición, no es dinero que esté en cuenta auditable alguna? Y por último, ¿quién nos dice a los monos que hace cuarenta años los denominados Padres de la Transición no estuviesen todos ellos bajo los delirantes efectos de la absenta cuando decidieron que un país podía cambiar sin hacer ningún cambio? 

[columna publicada el 23/01/2013  en el diario Levante]