miércoles, 23 de mayo de 2012

MARIANO HA QUEDADO


Se nos cae la baba sólo de verlo. Tan nervioso. Tan impaciente. Y tan tímido como es nuestro Mariano. Porque resulta, igual ustedes no lo saben todavía, que Mariano ha quedado. Sí, con sus nuevos amigos. Sí, lo han invitado a un cumple. Sí, en casa de Mario. Y sí, van a ir también Ángela y François. Sí, los dos. Sí, al mismo cumple al que han invitado a Mariano. Sí, van a ir los más populares de la clase y Mariano también. Sí, y además Mariano ya ha dado un paseo con Ángela en un barco, sí, en un barco, e iban los dos mirando las cosas que había afuera del barco y no las de dentro, y, sí, se lo pasaron teta piruleta. Toma, toma, pastillas de goma (y aquí es donde debería ir un gesto como sacando la lengua y moviendo la cabeza y echando el culo para atrás y haciendo la trompetilla con la mano en la nariz y en realidad estas líneas habría que leerlas entonando esa cancioncilla que entonan los niños cuando quieren dar rabia a otro niño e incluso con alguna que otra pedorreta aunque, bueno, los monos tenemos que ir cerrando ya este paréntesis abierto pues nos estamos desviando del tema principal, que por supuesto no es la entonación con la que ustedes deben leernos sino la invitación de Mariano y, en fin, eso).
Porque al principio no le habían invitado y Mariano cogió una llorera de las buenas, lo tenían que haber visto, estaba cabizbajo e inconsolable y sólo quería volver a casa pero, tras hacerse la foto de familia de la OTAN, Mario lo ha cogido del brazo y lo ha apartado a un lado y le ha entregado la invitación (que no estaba mecanografiada como las demás sino garabateada en boli sobre una servilleta y decía “Estás invitado, Mariajo”, pero estos son detalles insignificantes) y entonces a Mariano se le ha descolgado un moco de la ilusión y ha besado la servilleta arrugada y se la ha guardado en el bolsillo especial de su pantalón que tiene cosido por dentro para que no se le caigan las cosas.
Ya metiéndonos en faena, habrá que acudir elegantes, no olvidemos que Mario es italiano y allí van todos como un pincel. Querremos dar buena impresión porque en el cumple, además de comer bocatas de mortadela con aceitunas y mezclar fanta con cocacola, van a tratarse asuntos importantes. Asuntos a los que Mariano debería estar muy atento cuando se pongan encima de la mesa y no pasarse la tarde jugando a la Wii de Mario. Y, por último pero no menos importante, alguien debería hacer llegar a Moncloa una copia de aquella película francesa, La cena de los idiotas, sólo por si acaso, para prevenirlo y que salga pitando de allí si empiezan a preguntarle por sus hobbies o lo sientan junto a otros señores que no conoce y que también están muy contentos de acudir al cumple.

[columna publicada el 23/05/2012 en el diario Levante]


 

miércoles, 16 de mayo de 2012

DIOS DE ROMERIA


Imaginen que hay un Dios. Olviden si tuvo descendencia o con quién y no juzguen su ética ni su compatibilidad con Darwin ni tengan en cuenta lo que el Hombre ha perpetrado en su nombre. No va por ahí. Imaginen que Dios creó el Universo y los planetas y todo eso y empezó a jugar con los elementos y, chas, surgió la vida. Los bichos empezaron a moverse. Entidad ocupada donde las haya, Dios siguió echando periódicos vistazos al planeta Tierra para ver qué ocurría allí abajo, pero lo cierto es que los cambios eran apenas perceptibles. Pasaron millones de años y, aburrido, fue espaciando sus ojeadas. Alguna pequeña mutación, alguna hecatombe medioambiental, pero excepto una fase en la que unos reptiles enormes lo machacaban todo, el espectáculo era bastante soso. Supongan que el último vistazo divino fue hace unos 250.000 años (no es tanto considerando que este planeta existe desde hace casi 5.000.000.000 años, hagan cuentas), y lo único que vio esa vez fue un montón de seres vivos comiéndose entre ellos y sin ninguna pinta de que aquel caos fuese a variar mucho. Pero hete aquí que el pasado domingo Dios tuvo un rato libre y se acordó de la Tierra y volvió a echarle un vistazo y lo que vio lo dejó patidifuso. Resulta que unos simios que 250.000 años atrás no apuntaban más alto que las demás especies, se han apropiado del planeta. Y en el lugar en concreto donde Dios posó su mirada, esos simios celebraban una fiesta, consistente en que los simios que habitan un territorio llamado Almassora se dividen en clanes sin otro criterio que la afinidad entre ejemplares de la misma especie animal y esos clanes engalanan vehículos para desplazarse a un lugar supuestamente sagrado y aunque en realidad lo que les gusta a esos simios es desplazarse a ese lugar sagrado para emborracharse y bailar, no hay problema de coherencia sino que esa es precisamente la belleza del asunto. Ya en el lugar sagrado, los simios pasan el día gritando e ingiriendo cosas y pellizcando unos pequeños dispositivos que les permiten comunicarse con otros simios que están en cualquier parte del planeta pues la señal que emiten estos dispositivos rebota en unos satélites que orbitan en el espacio exterior, satélites que Dios no recuerda haber creado y está en lo cierto ya que también son obra de los simios, un trabajo de asombrosa profundidad y mastodóntica colaboración según la opinión de Dios. De vuelta a la fiesta, los simios otorgan un premio al vehículo mejor engalanado y en la edición de este año, a la que Dios asistió, ese premio se lo llevó un clan de simios que se hacen llamar los Meeel! y sus componentes gritaban de alegría al conocer la noticia aún conscientes de que aquello no significaba nada más que aquello mismo pero ahí radicará la gracia, observó Dios, y tras la fiesta los simios regresaron a sus hogares, cocinaron alimentos sin fuego, los comieron sentados de forma ritual alrededor de una mesa y concluyeron el día frente a una pantalla que emite imágenes diferidas de simios actuando para contar historias de simios para simios e incluso recrear mundos inexistentes, algo que parece encantarles, mundos que recorre una princesa simio en busca de su trono junto a dos cachorros de dragón, un animal que Dios tampoco recuerda haber diseñado jamás y que le hace exclamar “¡Joder!, quién lo hubiera dicho”.

[columna publicada en el diario Levante el 16/05/2012]

miércoles, 9 de mayo de 2012

EN PROGRESO

Cuando vemos una película o leemos un libro acerca de la Edad Media o cuya acción se sitúa en la Edad Media, tenemos que efectuar un verdadero acto de fe para resolver que lo que leemos o vemos está ocurriendo cronológicamente después de las películas o los libros acerca de la Antigua Grecia o de la Roma Imperial, por poner dos ejemplos. De hecho, si no hubiésemos recibido clases de historia durante la adolescencia, probablemente deduciríamos que los griegos y los romanos, con su ciencia, su filosofía y su democracia, con sus blanquísimas togas y sus lustrosos cascos de cepillo, vienen después de la zarrapastrosa, caciquil y enfermiza Edad Media. La civilización occidental progresaba a buen ritmo hasta que llegaron los del medievo, a quienes no se les ocurrió otra cosa que empezar controlar el progreso científico y social en pos de sus respectivas religiones y ese fue el principio de un parón que duró la friolera de un milenio. Y suerte que a la Edad Media la raza humana llegó con mucho avanzado gracias a las civilizaciones anteriores, en cuanto a rutinas e infraestructuras, pues si por aquella gentuza fuese, nos hubiéramos extinguido devorados por los piojos. No es descabellado conjeturar que, siguiendo la progresión del Hombre hasta entonces y si no llega a ser por la Edad Media, allá por el siglo XIII hubiera habido wifi en cada almena de cada castillo y, en consecuencia, hoy en día nuestros coches serían naves espaciales y nosotros inmortales. Pero claro, si arrojaban a científicos a la hoguera por atreverse a afirmar que, ¡oh!, la Tierra no es centro del Universo, no estaba el horno como para anunciar que has inventado el iPhone 5. Tampoco cuesta pensar que tal vez a la Edad Media llegaron los planos del primer avión, el cinematógrafo o la penicilina, pero decidieron quemar aquellos papeles diabólicos. No nos dejaron nada de provecho, su aportación más representativa para la civilización occidental fue el mangual, que es esa sofisticada arma consistente en un bastón atado mediante una cadena a una bola de hierro con pinchos; ese era su concepto de progreso. Esto nos sirve para comprender que el único progreso válido es el progreso de los seres humanos, cualquier otro progreso debe supeditarse al nuestro, por eso puede decirse sin miedo a equivocarse que la Edad Media fue un verdadero asco.
Atravesamos un momento en el que, tras siglos de progreso, se vislumbra una nueva edad oscura. Una edad en la que el mayor progreso sería no perder lo progresado. Porque nuestras autoridades, ofuscadas por gráficas coloridas y deslumbradas por diapositivas animadas, no comprenden o no quieren comprender que el único progreso válido es el progreso de los seres humanos. El crecimiento económico no significa nada sin dignidad, ni siquiera los avances científicos sirven sin dignidad, y resulta zoológicamente difícil de explicar que el homo sapiens haya llegado a dominar el planeta y a inventar maravillas del calibre del helado de yogurt o el radiodespertador como para verse ahora esclavizado por unas leyes artificiales que unos cuantos, muy pocos, ejemplares de homo sapiens diseñaron y que sólo a ellos benefician. No es algo que, analizándolo fríamente, tenga mucho sentido pero, mientras tanto, vayan ustedes peinando al caballo y afilando la lanza.

[columna publicada el 08/05/2012 en el diario Levante]

miércoles, 2 de mayo de 2012

DOBLES CUÁNTICOS


Algunas teorías científico-filosóficas derivadas de la física cuántica propugnan la existencia de múltiples universos paralelos al nuestro. Según la teoría que consideremos y el grado de alcohol en sangre, hablaremos de universos distintos y separados entre ellos, sin intersección alguna, por lo que efectos empíricos daría lo mismo que existiesen o no. Voces más atrevidas hablan de universos paralelos distintos pero entre los cuales sí existen ciertas fuerzas que los entrelazan, ya sean cuerdas atómicas o bifurcaciones causales. Tomando esta última acepción, todos los multiversos son idénticos en principio, y serían las acciones y las decisiones aplicadas en cada uno de ellos las que los irían definiendo a su manera hasta diferenciarlos por completo. Podría haber, por tanto, un determinado universo donde todo hubiese sido igual que aquí excepto el gol de Iniesta contra Holanda, que dio en el palo y en el contrataque posterior marcó Van Bommel. Y, por qué no, podría haber un universo donde a cada uno de ustedes les ha tocado el gordo de la lotería varias veces (sólo puede haber una persona así por universo y sabemos de quién se trata en el nuestro). Pero sí, amigos, existe ese universo donde son asquerosamente millonarios, pero no han nacido en él. Consuélense pensando en sus afortunados dobles.
Resulta curioso imaginar qué hubiese sido de nosotros de no darse cualquiera de las miles de secuencias causales que nos han llevado aquí. Si no nos hubiésemos matriculado en la misma universidad (quizá trabajaríamos ahora en la NASA), si no hubiésemos abandonado las clases de guitarra (quizá tocaríamos ahora en Metallica) o si no nos hubiésemos lesionado el tobillo (quizá jugaríamos en Los Lakers). Todos nuestros dobles cuánticos convergen, pues, en California, pero resulta más divertido conjeturar acerca de otras personas, personas de las que se puede afirmar, sin miedo a equivocarse, que éste que comparten con nosotros es, de todos sus universos posibles, el más ventajoso para sus intereses. Que de todos sus dobles cuánticos, el que conocemos es el más suertudo pues en cualquier otro multiverso donde no se hubiese dado la misma e infinita cadena de hechos, esa persona estaría bastante peor que aquí. Imaginen, por ejemplo, a un Mourinho (probable campeón de liga cuando nos lean) al que Bobby Robson no le hubiese ofrecido la oportunidad de entrenar, imagínenlo, con ese carácter suyo, yendo a la fábrica o al bar, imaginen la cantidad de collejas que se llevaría ese hombre; lo normal es que a la tercera colleja, como un resorte y así de sencillo, se volviese un poquito más educado. Imaginen ahora a una Angela Merkel con un entorno casero más afectuoso, un entorno de amor y caricias que la hiciesen gobernar con una sonrisa en la boca, e imaginen también a un Sarkozy a quien su madre le hubiese preparado un vaso de leche calentita cada noche y ahora  midiese diez centímetros más de altura. Imaginen lo que supondría eso para todos, ya saben, el diablo está en los detalles. Nos despedimos mandándoles deberes para casa: imaginen a un Jaime Peñafiel en un estado republicano, a un Julio Iglesias sin lesionarse y portero titular del Madrid, y a un Artur Mas, con esa sonrisa y esa mandíbula, al que la vida le hubiese llevado a regentar una mercería de barrio. Pueden mandarnos también a cualquier otro doble que se imaginen.

[columna publicada el 02/05/2012 en el diario Levante] 

miércoles, 25 de abril de 2012

ASUNTOS DE MAYORES


Los niños pequeños creen, a menudo con razón, que los adultos no conceden la debida importancia a sus cosas. Para ellos, los asuntos que trata la gente mayor son un verdadero coñazo, son incapaces de entender la gravedad de esos asuntos. Cualquier niño considera mucho más importante ver por enésima vez el mismo capítulo de Bob Esponja que cuidar de su higiene personal o su nutrición básica. No entienden por qué hay que llegar a hora a la escuela cada día de la semana o lavarse las manos después de meterlas en algún lugar especialmente infecto. Claro que los adultos disponen de un argumento irrebatible para que entren en razón y hagan ese tipo de cosas que, pese a no gustarles, son necesarias para su educación. Ese argumento es, lo supondrán, el tamaño. No hay otro. Sólo hay que imaginar por un momento que el ser humano se hubiese desarrollado de otro modo, es decir, que durante la infancia tuviésemos más fuerza bruta que en la edad adulta, que los niños pudiesen físicamente con sus padres; entonces la sociedad sería, piénsenlo, muy distinta a la que conocemos. Pero conforme son las cosas, los adultos pueden mandar callar a los niños amenazándoles con castigos o encerrándolos en su cuarto para, acto seguido, sacar el coñac bueno del mueble bar y llenar las copas de esos amigos con los que tienen importantes asuntos que tratar. Asuntos importantes de verdad. Asuntos de gente mayor. Cuando crezcan, esos niños entenderán que todo fue por su propio bien.
Como niños castigados en su habitación mientras los adultos beben coñac y tratan incomprensibles asuntos de adultos, de esa manera nos sentimos los últimos días en relación al tema Repsol-YPF. Tras una semana tratando de asimilar la importancia de la dichosa expropiación, parece que no acabamos de pillar la idea precisa, porque sigue sin importarnos ni un bledo, por más que lo intentemos desde distintas perspectivas o por mucho que lo solemnicemos o por muchas banderas que colguemos del balcón. Y esta incapacidad nuestra para comprender un asunto tan relevante está afectando a nuestra autoestima, provocándonos el desasosiego propio de quien se siente tan estúpido como ignorante. Porque un asunto crucial para España y para Todos Los Españoles De Bien tiene que ser éste cuando, en la rueda de prensa donde se anunció algo tan gordo como “ejem, se estudiarán las medidas a tomar contra Argentina”, allí procedía la presencia de dos ministros y medio. Si comparamos el despliegue de micrófonos y corbatas con la frugalidad con la que dan a conocer que con nuestros impuestos no pagarán los medicamentos de nuestros padres ni las carreras universitarias de nuestros hijos, esto es, en prensa extranjera, modificaciones a presupuestos aprobados el día anterior, decretos ley los viernes a última hora o asépticas notas informativas, los monos concluimos que tales asuntos, que a priori considerábamos vitales para el buen funcionamiento de la sociedad del bienestar, son caprichosas niñerías al lado de lo de Repsol. Dejemos, pues, de patalear y empecemos a comportarnos como buenos niños españoles mientras los adultos sirven coñac y comentan entre ellos los asuntos que de verdad importan. Sólo esperamos que, dentro de unos cuantos años, alguien nos haga comprender que todo fue por nuestro propio bien.

[columna publicada el 25/04/2012 en el diario Levante]

miércoles, 18 de abril de 2012

FRENESÍ

A finales del siglo pasado los monos nos enganchamos una temporada al videojuego de rol Vampire: The Masquerade, donde te unías un clan vampírico a elegir para correrte unas aventurillas por el Mundo de las Tinieblas. Encarnar uno de aquellos vampiros, además de proporcionarte innegables ventajas como inmortalidad, sex appeal o un tremendo poderío físico, conllevaba ciertos inconvenientes como dormir en un ataúd o no poder tomar el sol. Otro de los temas a considerar por los vampiros era controlar el frenesí, una especie de estallido emocional que solía desembocar en una espiral de violencia primitiva y colérica. Este problema solía tener su origen en la ira, la frustración, la tentación o la sed (de sangre)… y por ello los vampiros debían ser muy disciplinados para no verse envueltos en situaciones que les provocasen el citado frenesí y les llevasen a cometer actos que desvelasen su verdadera naturaleza a los humanos, algo que, al parecer, ningún vampiro desea. De lo contrario, si sucumbían, el descontrol dominaba su sangre y empezaban a hacer cosas como degollar doncellas vírgenes, beber sangre de perro, colarse en pubs de música gótica o enrollarse con hombres lobo.

Viene esto a colación por los últimos sucesos protagonizados por miembros de la Familia Real, pues cabría preguntarse, en base a su extraño comportamiento, si a esa sangre no le pasará nada raro, si ese líquido azul no estará hirviendo por las arterias Reales y modificando su conducta. Cabría preguntarse si esas inexplicables manifestaciones violentas, de toda clase imaginable, balística, fiscal o social, no son únicamente desvaríos de aristócratas ociosos sino que son el síntoma de un frenesí que los posee y les impele a cometer, a su pesar, tales atrocidades. Comprendemos que el tema genere tanta indignación como cachondeo, y quizá sea merecido, pero quizá, también, se esté cociendo algo terrible mientras nos quejamos o frivolizamos. Al fin y al cabo, su linaje sanguíneo se escindió de la plebe allá por la Edad Media por lo que casi pueden ser considerados un clan o una raza aparte, una raza que podemos suponer similar a la nuestra pero de la que poco o nada sabemos. Pisamos, científicamente hablando, terreno inexplorado y las consecuencias son impredecibles. Nadie quisiera ver, y en esto sí que estaremos todos de acuerdo, como esta gente sucumbe definitivamente al frenesí y empieza a autolesionarse o a dispararse entre ellos o a deambular dándose cabezazos contra las paredes o metiendo los dedos en cada enchufe de la Zarzuela. Por eso debería investigarse el asunto. Controlarse. Hacer tests de laboratorio con ratones endogámicos. Y hallar un remedio. Conste en acta que este texto no pretende ser irónico ni metafórico ni republicano, nada de eso, hay una sincera preocupación por la salud del sistema circulatorio borbónico. Hablamos de una raza que tenía sentido en un mundo donde disparar armas o blandir espadas era mucho más normal que hoy. Tal vez a la estirpe, una vez concluida su misión y agotado su discurso, no le quede más remedio que autodestruirse como hizo el T-800 en la emotiva escena final de Terminator 2: Judgement Day, cuando le pide a Sarah que lo introduzca en la cuba de fundición porque su existencia ya no es necesaria. Un acto, pues, que no puede denominarse sino como heroico.


[columna publicada el 17/04/2012 en el diario Levante]



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miércoles, 11 de abril de 2012

LO PEOR DE LOS ÚLTIMOS CUATRO AÑOS

Lo peor de los últimos cuatro años, desde que se declaró oficialmente la crisis, no ha sido, a pesar de su importancia, la falta de liquidez bancaria que repercute en la disminución crediticia y el consiguiente estancamiento mercantil. Lo peor de los últimos cuatro años no ha sido, tampoco y sin minusvalorar su relevancia, la escasa actividad económica que disminuye los beneficios empresariales y por consiguiente la cantidad y, más aún, la calidad de la oferta laboral. Lo peor de los últimos cuatro años no ha sido, o al menos no tan sólo, los recortes sociales a los que nos someten los alemanes, esos locos empeñados en arruinar Europa por tercera vez en un siglo. Lo peor de los últimos cuatro años, a pesar de constituirse como una experiencia francamente nefanda, tampoco ha sido comprobar el calibre de la incompetencia que pueden alcanzar nuestros mandatarios, una ineptitud de otro mundo. Lo peor de los últimos cuatro años no ha sido, y mira que es gordo, el despilfarro y el mamoneo a la que se ha seguido viendo sometida la caja pública, con aeropuertos fantasma y trenes bala a cuenta de la sanidad y la educación, en una muestra de desfachatez que desafía las leyes evolutivas de Darwin. Nones. Lo peor de los últimos cuatro años, ahora sí, el Mal que más honda huella dejará, tal vez una indeleble modificación estructural en nuestra masa encefálica que ahí permanezca y se propague genéticamente hasta el último de los días, lo peor de todo, decíamos, ha sido que, sin comerlo ni beberlo ni merecerlo, hemos incorporado no ya sólo a nuestro vocabulario sino a nuestras charlas informales e incluso a nuestros monólogos interiores sentados en el wáter, conceptos como “prima de riesgo” o “deuda externa” o “rescate económico”. Que sepamos qué es, para qué sirve en teoría y qué hace en la práctica una “agencia de calificación”. Que nos haya llegado a interesar cómo abre el “índice bursátil” sin tener acciones de bolsa. No queremos decir los monos que sean conceptos inútiles o innecesarios, no en términos absolutos, aunque sí son inútiles, innecesarios y muy molestos para quien se ha cuidado de alejarse de ellos como de la peste durante toda una vida y, de repente, ha visto inundada ésta de semejante jerga siniestra. Y es la única vida de la que dispone. Lo peor de los últimos cuatro años es que la crisis pasará, el paro descenderá y, esperemos, nuestros mandatarios dejarán algún día de ser dementes o corruptos o ambas cosas a la vez, todo tiene solución, pero tales conceptos macroeconómicos que nunca deberían rondar por la cabeza de un hombre honrado, jamás se irán. Deberemos acostumbrarnos a ese residuo que ocupa un latente circuito neural de nuestro cerebro, neuronas que en un mundo mejor o menos doloroso podrían recordar un bello poema para conquistar a nuestro amor platónico o el título de esa película que nos preguntaron ayer en el Trivial y por el cual perdimos el quesito. Palabrotas que quizá sigamos recordando de ancianos y, lo que es peor, comprendiendo, sentados en una chirriante mecedora en lugar de recordar a los nietos y comprender el sentido de la vida pasada. Y es esto, la aberrante violación a la que ha sido sometido nuestro sistema de referencias vitales, introduciendo en él campos semánticos a los que nunca quisimos acercarnos, ha sido, para los monos, lo peor de los últimos cuatro años.


[columna publicada en el diario Levante el 11/04/2012]